El libro espejo

En una de estas inmersiones en el extensísimo y caótico mundo de internet me he topado con un texto que me ha conmovido. Se trata del recorrido de su autor, Luis Morales, por el mundo de los libros. Su trayectoria desde su primer encuentro con una lectura hasta el momento en el que él mismo se dispone a contar sus propias historias.

Me encantaría  compartirlo con vosotros.

EL LIBRO ESPEJO

Luis Morales (España, 1975)

Primero arrancábamos las páginas, jugábamos a dispersar el conocimiento, hacíamos bolas de papel que lanzábamos alegres y poderosos al suelo igual que pequeños dioses al principio de la creación, o separábamos siempre las cubiertas de nuestros iniciáticos (y acaso más bellos) cuentos, aquellos en los que Alí Babá se resumía en el “ábrete sésamo” y Caperucita Roja era toda ojos y toda dientes de lobo malo.
Más tarde empezamos a fijarnos en las imágenes y descubrimos que el universo podía ser icónico, colorista, cromático, gigantesco. Llamamos a la puerta de los castillos y subimos por el tallo de las habichuelas, nos pusimos las botas y tocamos la luna.
Poco a poco, letra a letra, fuimos conociendo el significado de aquellos regueros extraños que mamá señalaba en los libros mientras nos contaba historias mágicas. Algo hizo clic. Nos transformamos en mariposas, con autonomía para volar. Poco a poco, letra a letra, tomamos el control de nuestros pasos. Nos esperaba un nuevo mundo. Habíamos aprendido a leer.
Recordamos haber utilizado largas tardes de verano buscando tesoros, atravesando selvas, descubriendo el océano o el centro de la tierra. Recordamos haber conocido la alegría y el odio y el amor y el humor y el miedo. De haberlos reconocido en esa pila de páginas reflectantes. Sentados frente al libro que nos leía por dentro.
Cuando llegó el tiempo de las preguntas, encontramos nuestros propios guardianes entre el centeno y nuestros budas y nuestros lobos esteparios. También (por suerte o infortunio) nos impusieron algún clásico. Para muchos no fue del todo llevadero. Las mariposas a veces se desorientan ante el exceso de estímulos externos.
Pero lo más curioso es que algunos de nosotros empezamos a recorrer el camino inverso. Mirábamos el espejo, las páginas escritas, con aire interrogador, y las doblábamos, arañábamos, subrayábamos, buscando algún resquicio que descubriera la urdimbre, el artificio. Y atravesamos al fin el espejo cuando nos atrevimos a tomar un papel, un lápiz, un viejo cuaderno, o abrimos un nuevo documento de Word, y empezamos a escribir, también nosotros, nuevas historias.

 

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