Segunda Tertulia Literaria. “Un ingeniero para Jalima”, de Lorenzo Silva

Hola a todos.

Tras la primera experiencia en torno al relato La playa del entresuelo, volvemos a proponer compartir en una Un ingeniero para Jalima2tertulia, un sugerente relato ambientado en el madrileño barrio de Lavapiés. El título es Un ingeniero para Jalima, y el autor, Lorenzo Silva. Silva es también autor de novelas que le han valido el reconocimiento internacional, como El alquimista impaciente, premio Nadal 2000 o La flaqueza del Bolchevique, finalista del Premio Nadal 1997 y llevada al cine por Manuel Martín Cuenca.

La cita es el próximo martes 12 de mayo, a las 16.30 h. en la mediateca (edificio de Primaria). Para confirmar tu asistencia, envíanos un email indicando tu nombre y apellidos junto con el curso (si eres alumno), de quién eres familiar o si eres profesor o miembro del PAS del centro, a mediateca@colegiohipatia.fuhem.es, antes del 10 de mayo.

Para ponértelo más fácil, aquí te dejamos el relato de Silva. Esperamos que te guste y te animes a participar.

 

Íñigo hacía el trayecto todos los días. Desde Argüelles hasta Legazpi. En Legazpi, final de línea, hacía transbordo para ir a Méndez Álvaro, una sola estación. Allí estaba su oficina, en uno de los edificios que formaban una especie de excéntrico barrio de negocios. No tenía el glamour de la Castellana, y bien que lo había notado por el modo en que su madre había fruncido la nariz al decirle dónde iba a trabajar. Pero Íñigo era ingeniero de Telecomunicaciones y le ofrecían hacer lo que le gustaba. Con sólo veinticinco años, responsable de redes para toda la zona centro. No iba a decir que no porque a su madre, de Argüelles de toda la vida, le pareciera que la ubicación de la oficina dejaba algo que desear.

A Íñigo no le gustaba conducir. O mejor, no le gustaban los atascos. ¿Por qué iba a tardar una hora en llegar a la oficina, si con el metro se plantaba allí en la mitad de tiempo? Pero había algo más. Bajo tierra, Madrid era una ciudad distinta. Muchos, sobre todo muchos de los que Íñigo solía ver arriba, no bajaban nunca. Y eran otros, los que Íñigo tenía menos ocasión de ver en la superficie, los que predominaban allí. A muchos les molestaba ver el metro lleno de negros, indios, chinos y moros. A él, en cambio, le distraía. Íñigo, por lo demás, no tenía una opinión formada sobre la inmigración. No pertenecía a ninguna ONG, ni iba a manifestaciones. Era de derechas, porque identificaba a la izquierda con la URSS y a la derecha con la prosperidad económica que había permitido el desarrollo tecnológico y la sociedad de la información. Aunque no lo razonaba así. Sólo era lo que pensaba vagamente cada cuatro años, cuando tocaba votar. Nunca leía los programas electorales.

A Íñigo le gustaban las chicas. Mucho, o quizá demasiado. A veces, sobre todo en el verano, reparaba en que no tenía otra cosa en la cabeza. Las miraba con hambre, con ganas de besarlas a todas. Bueno, a todas no. Pero sí a muchas más de las que podían considerarse estrictamente bellas. Íñigo no buscaba ante todo belleza, sino dulzura. Las chicas eran la dulzura de la vida, hecha carne que se exponía a sus ojos.

La mezcla que había en el metro hacía que las chicas fueran más variadas. En el colegio y en la universidad había acabado harto de ver tantas chicas idénticas. Todas vestidas igual, todas con el pelo teñido del mismo color en cuanto les dejaban. Todas, además, perdiendo a edades cada vez más tempranas esa dulzura que era la esencia de las chicas.

En los tres meses que llevaba cogiendo aquella línea, había visto a muchas chicas interesantes. Se había quedado prendado de orientales, africanas, sudamericanas. Pero las que prefería sobre todas eran las magrebíes. La gente solía pensar que eran feas, porque no las observaban bien. Porque no les buscaban la mirada decidida y profunda. Íñigo sí, aunque a veces se viera forzado a apartar los ojos, azorado.

Ella subía en Lavapiés. Todos los días. Andando el tiempo, Íñigo fue capaz de calcular la hora y el vagón que les harían coincidir. La chica viajaba hasta Legazpi y allí cogía la línea 6 en sentido contrario al que tomaba Íñigo. Hasta esa bifurcación empezó a seguirla, todas las mañanas, y aprendió a saborear cada día la tristeza de verla irse.

Ella, Íñigo no lo sabía entonces, se llamaba Jalima. Había venido sola, tres años atrás, desde Midar, un pueblo más o menos grande en el corazón del Rif. Jalima era bereber por los cuatro costados, lo que explicaba acaso la bravura que había necesitado para escapar de su casa y cruzar el Estrecho en una patera llena de hombres. También eran bereberes sus ojos verdosos y su cabello rebelde. Resultaba alta y solemne y aparentaba algún año más de los veintiuno que había visto transcurrir.

Jalima llevaba siempre un caftán de color vivo, la cabeza y el rostro descubiertos. No parecía importarle que los europeos la mirasen más por ir vestida así. No pareció importarle, las muchas veces en que sus ojos se cruzaron con los de Íñigo, durante aquellas semanas. Le sostenía la mirada hasta que Íñigo abandonaba, pero en aquella pugna no había hostilidad. Era, simplemente, la costumbre de resistir. Jalima había tenido que sufrir muchas cosas de los hombres, en su pueblo y después.

Un día, Jalima no trajo el caftán. Apareció metida en unos tejanos claros, con una blusa escotada y liviana que dejaba que se viera lo que había debajo como nunca antes lo había visto Íñigo. El joven ingeniero perdió la cabeza. Durante todo el trayecto que compartían, notó que el corazón le bombeaba como si fuera a salírsele del pecho. Y más abajo, el bombeo sanguíneo provocaba otros percances. Para colmo, en una de las ocasiones en que ella le cazó la mirada, Íñigo creyó advertir algo en el borde de sus comisuras y en la chispa de sus ojos. Una sonrisa.

Siendo un muchacho, Íñigo se había distinguido por su arrojo. Había saltado en paracaídas y volado en ala delta. ¿Por qué iba a arredrarse ahora? Pero no llegó ni a construir este pensamiento. Sin poderlo evitar, en la bifurcación en la que todos los días se separaban, la llamó:

-Espera.

Y sucedió que Jalima se detuvo, y se volvió, y dejó que él se viera pequeño e inmenso a la vez en el espejo de sus ojos verdes. Torpe, ansioso, inapelable, Íñigo le propuso una cita. Un lugar y una hora. Ella no dijo ni que sí ni que no. Él dijo que la esperaría, de todos modos. Y sucedió que cuando fue a esperarla, aquella misma tarde, ella ya estaba allí.

Jalima nunca supo por qué aceptó acudir a aquella cita. Por qué se arregló como nunca se había arreglado y dejó que aquel joven ingeniero le contara su vida y quisiera saber de la suya y por qué después de comparar una y otra y comprender que nunca podrían cuadrar consintió en abrirle su alma y sus labios. Acaso había soñado durante muchos años, en su pueblo de las montañas del Rif, que un ingeniero tan dulce y tan ingenuo como aquél le ofrecía su vida y la salvaba de la miseria y de la seca codicia de los hombres que siempre había conocido.

Íñigo supo, en cambio, por qué se rendía ante aquella mujer. Porque la vida sabía y olía en sus brazos, porque el misterio latía en el fondo de sus ojos y en su boca encontraba la dulzura cuya ansia le consumía. Íñigo, que había gastado todo su raciocinio en los algoritmos y ecuaciones que soportaban sus redes de telecomunicación, encaraba el resto de la existencia como algo que simplemente debía ser mordido. Y así se arrojó sobre Jalima, sin calcular ni por un segundo las consecuencias.

Cuando la madre de Íñigo, aquella noche, supo que a su hijo lo habían matado de varios navajazos en una calle del barrio de Lavapiés, sintió ratificados todos los temores que la habían asaltado al saber que su retoño iba a trabajar fuera del perímetro bien de Madrid. No se detuvo a pensar que la oficina de Íñigo quedaba demasiado lejos de aquella calle, y desde luego borró en seguida de su memoria la estrambótica historia que le contaron los policías. Según le dijeron, diversos testigos aseguraban haber visto a su hijo en cariñosa actitud con una muchacha magrebí a la que los agresores, unos skins, habrían increpado, dando lugar a la pelea que había desembocado en el homicidio. Quién iba a creer a la gentuza que vivía en ese barrio. La desgracia se había fijado en ella, llevándosele al hijo, eso era todo y estaba claro quiénes traían la desgracia.

Y así siguió viviendo, convencida de su razón certificada por los hechos; sin llegar a sospechar jamás que en la vida de su hijo no había habido un instante de felicidad superior a aquel en el que había realizado, aunque fuera tan fugazmente, el sueño de Jalima, su amada bereber.

 

 

3 comentarios

    • Sara en 13 mayo, 2015 a las 6:45 am
    • Responder

    ¡¡He pasado un rato muy bueno!!, da gusto que exista este espacio.
    Sólo falta que se animen a disfrutarlo más padres, madres y alumnos, que había sitios libres.
    #esperandolaterceratertulialiteraria……

    • Sara en 13 mayo, 2015 a las 12:26 pm
    • Responder

    Gracias por organizar las Tertulias, pasamos una tarde muy agradable e interesante. Nos vemos en la próxima

    • xy en 19 mayo, 2015 a las 9:42 am
    • Responder

    La 2ª tertulia literaria fue otro momento delicioso donde compartir con otras personas impresiones. Fue toda una delicia. Gracias

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